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Por fin, la emoción: ¡tras seiscientos kms en bici con mi hija, llegamos a Budapest!

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Abandonamos Eslovaquia tras dar un rodeo de cerca de cincuenta kilómetros en tren y así evitar una zona poco recomendada para el ciclista debido al intenso tráfico. El rodeo, pese a ir en tren, no fue cómodo ni fácil. Tuvimos que hacer dos trasbordos y pasar la noche en una pequeña ciudad de provincia de arquitectura y ambiente soviético. Hacer un transbordo con poco tiempo, una niña, dos bicis y un carrito puede ser estresante cuando tienes poco tiempo entre un tren y otro.
Por fin cruzamos la frontera y entramos en Hungría a través de un bello pueblo donde nos volvimos a juntar con el Danubio y todo su verdor. Yo he estado en Hungría otras veces peros siempre en invierno. En este caso, me sorprendió la animada vida en las calles de los pueblos y en las riberas del Danubio. Parecían pueblos del Mediterráneo en pleno verano, con bañistas por doquier y chiringuitos y restaurantes cada pocos kilómetros.
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La gente local, en Hungría, vive en contacto directo con el río más que en los otros países recorridos. Y no por y para el turismo de fuera, sino para el disfrute de los locales. En pronunciados meandros del río se forman playas donde los niños juegan a hacer castillos, la gente come los famosos 'langos' (crep frito con crema agria y queso) y los bañistas recorren muchos metros a nado para luego volver a la playa y tomar un vino blanco reducido con soda (bebida oficial húngara en verano).  
El tiempo fue excelente hasta el final del viaje y el Danubio en este sector es de una frondosidad que recuerda al tramo inicial en la frontera de Alemania y Austria. Si se observa en un mapa, en este punto el río realiza una cerrada curva y se dirige, desde entonces, hacia el sur. Es el llamado codo del Danubio que Patrick Leigh Fermour describe en su libro 'El tiempo de los regalos': "Pasa como un hilo a través de una perla y cae a través del mapa de Europa", relata. Es una comarca de gran belleza en la que los privilegiados de Budapest levantaron mansiones suntuosas.
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*Imagen: En Szetendre coincidimos con un festival de arte típico de la zona. / H. Moreno
Pedaleando entre playas, langos y algún que otro chapuzón, llegamos a Szetendre, un bello pueblo retiro de artistas y bohemios situado a apenas veinticinco kilómetros de la capital húngara. No lo habíamos planeado pero coincidimos con un festival de arte y gastronomía de la zona, y el pueblo estaba en plena ebullición, con puestos de comida por las calles, y mucha música y animación.
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*Imagen: Los húngaros viven constantemente en contacto directo con el río. / H. Moreno
Decidimos quedarnos un día más en este lugar y retrasar nuestra llegada. Fue difícil separar a 'S.' de las pequeñas atracciones que había instaladas en la plaza pero, tras dar más de cincuenta vueltas en un pequeño tren eléctrico, logramos volver a nuestro carril bici.
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*Imagen: En el Danubio hay playas donde niños como 'S.' juegan a hacer castillos. / H. Moreno
la ultima y corta jornada
Estábamos alegres por llegar al final de nuestro viaje
su parlamento, sus iglesias y los puentes sobre el Danubio
Difícil fue no emocionarse con esa visión
Ahí quedarían durante un tiempo, sin moverse un metro