Todo sobre Perseo, la constelación ‘madre’ de las Perseidas

El mito de Perseo, el semidiós que mató a Medusa, como nunca te lo han contado

Como de costumbre y, ante la llegada de una lluvia de estrellas tan importante como las Perseidas, en ‘El Tiempo Hoy’ hemos cotilleado sobre la constelación de la que parecen salir: Perseo. Ya hablamos de este héroe mitológico al describir la otra constelación a la que siempre estará ligado, su amada Andrómeda; pero entonces, pasamos por alto un dato biográfico que hoy debemos rescatar. Fue él (y no otro) quien, según la cultura griega, mató a la malvada Medusa, de cuya cabeza decapitada nació el caballo Pegaso.

Cosas de la naturaleza.

Antes de adentrarnos en la historia del personaje clásico, haremos un pequeño mapa astronómico de la constelación. Perseo puede observarse durante casi todo el año (de agosto a abril) en el Hemisferio Norte de nuestro planeta; no siendo así en el Hemisferio Sur, donde apenas se deja ver. Se considera como una ‘constelación menor’, aunque su estrella principal, Mirphak, es 62 veces mayor que el Sol y ocho veces más masiva (pero está más lejos). Además, el denominado ‘brazo de Perseo’ es el más grande de los ocho que componen la Vía Láctea, nuestra galaxia.

Perseo Begins

El asesinato de Medusa y su amor por la bella Andrómeda componen el grueso de la leyenda de Perseo, pero toda gran historia tiene un gran comienzo o, por lo menos, eso es lo que pensamos los fans de Christopher Nolan. Vayamos pues al principio:

Sabemos que los oráculos griegos no daban puntada sin hilo. Por lo general, eran bastante ambiguos, pero con Acrisio no dieron rodeos: su nieto – Perseo, el hijo de su hija Dánae-acabaría con su vida, por lo que debía tomar medidas. Sin ningún remordimiento paterno-filial, Acrisio recurrió al típico castigo principesco: encerrar a su hija en la torre de un castillo. Pero sin ventanas ni trenzas ni esas chucherías.

Zeus era el encargado de engendrar a Perseo. Y, como es lógico, para el Dios más poderoso de todos los tiempos, unos cuantos ladrillos no iban a ser impedimento. Así que se convirtió en lluvia de oro, entró en la torre y fecundó a Dánae. Pero Acrisio, que era muy dado a encerrar a la gente dentro de las cosas, metió a su hija y a su nieto dentro de un cofre con una habilidad que ni los de Bricomanía.

Lo tiró a un río…

Y se olvidó de la profecía.

Arrastrados por la corriente, Perseo y su madre llegaron a Séfiros, la isla gobernada por el tirano Polidectes. Y aquí comienza el lío de nombres. Polidectes se enamoró inmediatamente de la bella Dánae pero, cumpliendo con el arquetipo de padrastro maquiavélico, pensó inmediatamente en deshacerse del  joven. Conociendo la pobreza de Perseo, pidió a todos los varones de su isla que le entregaran un caballo para casarse con su hija, Hipodamía (no es casualidad que el lexema de su nombre provenga de hippos, que significa caballo). Al no poseer ninguno, Perseo se vino arriba y le juró a Polidectes que le traería la cabeza de Medusa lo que, en teoría, supondría para él una muerte segura.

Polidectes aceptó el órdago sin ninguna duda.

El gobernante se olvidaba de que, para un hijo de Zeus, una Gorgona con pelos de serpiente que convertía a los hombres en piedra con tan solo una mirada no era rival suficiente. Con la venia del Olimpo, Perseo recibió un escudo de parte de Atenea y una espada de la mano de Hermes.

Y se fue de cacería.

Prohibido mirar a los ojos de Medusa

El guerrero no sólo era fuerte, también era inteligente.  ¿Cómo mató a Medusa sin mantener un contacto visual con ella? Muy fácil: utilizó su escudó como espejo para darle un corte certero que la dejó sin cabeza. Y se la llevó, cual trofeo, porque, a pesar de perder la circulación en sus venas, los ojos de Medusa seguían empedrando de derecha a izquierda.

Total, que Perseo entró en la cueva de la Gorgona con una armadura corriente, y salió con un arma poderosa y un caballo mágico que volaba para que no tuviera que volver a pie hasta su casa. Es lo que podríamos definir como ‘un gran día’.

Por si no era emoción suficiente, en el camino de vuelta, Perseo se encontró a la mujer más hermosa del mundo, Andrómeda, atada a una roca y a la espera de ser engullida por un monstruo marino. En un segundo, se enamoró de ella. Andrómeda, como toda mujer que ve a un fornido joven que se acerca galopando sobre un potro divino y con un cráneo en la mano, claramente, pues también se enamoró de él.

Y éste es uno de los pocos romances griegos que acaban bien.  Cierto es que,  antes de la boda, Perseo viajó hasta Argos para participar en los Juegos Olímpicos y, en un mal tiro de disco, golpeó a su abuelo Acrisio –que estaba presente sin él saberlo- y le mató. Pero fue sin querer. 

Al morir y, para que su amor fuera eterno, Zeus convirtió a Perseo y Andrómeda en dos formaciones de estrellas que siempre permanecerían juntas en el firmamento. Y ahí siguen, por los siglos de los siglos.

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