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Los refugiados sufren los estragos de la lluvia en su periplo por los Balcanes

La toalla no es un chubasquero pero su mano se aferran con fuerza como si el rizo mojado pudiera protegerle. Volvemos a ver las mismas caritas de ayer, a algunos les calienta las manos. A otros se les caen los ojos. Y los llantos son una coral mientras las madres, acurrucadas en el barro, intentan hacer que los más pequeños entren en calor. Pero la noche es aún más dura. Los plásticos que parecen bolsas de basura, cubren bultos, "personas" que tiritan bajo la lluvía y el frío.

Mientras ellos vagan, los gobiernos de la zona protestan porque son demasiados. En Eslovenia, donde dicen estar desbordados, la policía y ahora también los militares los pastorean hasta la frontera austriaca, lo bueno es que no llueve. Peor estar todavía en la etapa de Croacia, donde además del barrizal, hay que esperar porque dejan pasar con cuenta gotas a los 12000 refugiados que aguantan en Serbia. Un nuevo parón antes de poder formar parte de esta gran columna de miserables que han logrado pasar.